Navidades en tiempos de Omicron

¡Feliz año nuevo! Qué barbaridad, ¡cuánto tiempo sin escribir! Tengo que decir que han sido unos meses muy alocados. La causa principal de estrés, fue que ¡conseguimos ir a España a pasar las vacaciones de Navidad!

Las fronteras, que cerraron el día 12 de marzo de 2020, se reabrieron el 8 de noviembre de 2021, tras 20 meses cerradas. Los expatriados llevábabamos meses sin poder ver a nuestras familias, pese a estar vacunados, pese a que nuestros países estaban en mejores situaciones epidemiológicas que Estados Unidos. Pero finalmente, se empezaron a oír rumores fuertes en redes sociales, y se anunció la apertura el pasado septiembre.

Con mucha alegría, reservamos los billetes para volver a España, y aprovechando, nos decidimos quedar todas las Navidades. Nos leímos la información sobre lo que necesitábamos para entrar, y cogimos cita para el refuerzo de la vacuna, por si acaso.


Y entonces, como si del malo de un videojuego se tratase, apareció Omicron. Hay que decir que, hasta entonces, la sensación que se respiraba por aquí era de prácticamente normalidad. No había que llevar mascarilla en exteriores ni en la mayor parte de los interiores, pese a que eso quedaba a discrección del comercio. En algunos lugares pedían el pasaporte de vacunación (el estado de New York tiene uno propio), pero como norma general, todo estaba muy tranquilo.

Cuando se descubrió Omicron, el estado de New York declaró preventivamente el estado de alarma, aunque aún no se habían detectado casos. Curiosamente, los primeros síntomas se detectaron en un viajero que vino a una convención de manga y anime, la Anime NYC 2021, a la que varios de nuestros amigos atendieron con sus hijos (ninguno cogió nada). Y poco a poco, Omicron fue tomando Manhattan. Pero como al principio fue lento, y la ciudad estaba en Navidad, la gente se echó a la calle deseosa de luces, compras, fotos para Instagram, y algo de normalidad. Nosotros bajamos un par de veces en diciembre y una noche, había tanta gente junto al famoso árbol de Navidad del Rockefeller Center, que nos quedamos atascados en la multitud. Y no todo el mundo llevaba mascarilla en aquel momento. Para mí, que he podido experimentar el Manhattan casi vacío de pandemia, fue algo impactante y agobiante. Hacía mucho tiempo que no tenía a tanta gente a mi alrededor.

Multitud en el Rockefeller Center la primera semana de diciembre de 2021. Aunque no se aprecia toda la gente que había, se puede ver que no todos llevan mascarilla.

Con todo esto, empezaron las primeras alertas de posibles contactos con positivos. La primera que tuvimos nosotros, fue nada más encender el móvil al aterrizar en España. Y a partir de ahí, fue un no parar. Muchísima gente conocida cogió Omicron cuando estábamos en España. En olas anteriores, yo conocía a una o dos personas afectadas. Pero esta vez, era una exageración: familia y amigos, niños y mayores, gente aislada y gente que salía mucho. Nosotros nos hacíamos tests de antígenos cuando veíamos algún problema (que encima se agotaban enseguida en las farmacias), pero nos sentíamos constatemente como si estuviésemos esquivando balas. El miedo generalizado al contagio nos empezó a permear y, cuando antes habíamos ido por la calle sin mascarilla, en España ni se nos ocurría. Todo el mundo llevaba, además. Y cuando aquí no habíamos tenido problemas con entrar en todos lados y estar con otras personas, aquí reducíamos los encuentros lo máximo posible e intentábamos estar en terrazas siempre. No éramos los únicos: muchos amigos en España no habían dejado esas precauciones en toda la pandemia. Y eso que se notaban las vacunas: síntomas mucho más leves que antes, y los que conocíamos se recuperaban mucho más rápido. Pero ahí estaba ese miedo. Y que en nuestro caso, también estaba fomentado por el hecho de tener que coger un avión de vuelta con un test limpio…

Finalmente, tuvimos la suerte que no nos contagiamos y pudimos volver a casa sin mayores problemas. ¿Sería porque teníamos el refuerzo reciente? ¿Sería que tuvimos suerte o que nos cuidamos muy bien? No lo sé, supongo que ya nos tocará, pero no esta vez.

Me quedé, sin embargo, pensando en que es curioso el contraste que vimos. ¿No se debería tener menos miedo en un país donde el índice de vacunados es tan alto? Quizás sí, pero el respeto al virus que vimos en España era muchísimo mayor que aquí. Como datos, decir que ahora mismo, el porcentaje de vacunación de EEUU es del 63,3%, y el de New York es del 73,5% (el séptimo más vacunado). Y España tiene un alucinante 90,6%.

Al volver a los Estados Unidos, ya hemos visto que se ha reinstaurado el uso de mascarillas obligatorio en interiores, y que más gente la lleva por la calle. Es más, por fin ha empezado aquí el debate sobre qué mascarilla es mejor, que se dio en España al principio, ya que aquí sólo es obligatorio cubrir la nariz y la boca con tela, y mucha gente usa pañuelos o bragas. Y es que en los últimos 15 días se han registrado casi 11 millones de casos nuevos. En España, en toda la pandemia, no se ha llegado a los 9 millones.

Y con todo, aquí se sigue notando menos miedo. ¿Por qué será?

Vacunados

Ha sido muy repentino, pero tanto Salva como yo nos hemos vacunado ya contra el Coronavirus. Desde luego, ha sido una historia muy peculiar, así que tenía que contarla.

Lo primero de todo hay que decir que la campaña de vacunación aquí en el estado de New York está muy avanzada. Además, los números de contagios están disminuyendo, lo que empuja a seguir con la estrategia actual. El 23 de marzo, se dijo que ya se podían vacunar los mayores de 50. Recuerdo comentarlo con unos amigos, que me decían que en Connecticut ya estaban vacunando a los mayores de 45 años. Lo que nadie esperaba era que pocos días más tarde, el 30 de marzo, el gobernador Cuomo anunciara que ya se podían vacunar los mayores de 30 y, a partir del 6 de abril, los mayores de 16 años.

Con curiosidad, nos pusimos a buscar centros de vacunación cercanos. Pero como era de esperar, se había disparado la demanda y estaban casi todas las citas cogidas. Si bien es cierto que había citas disponibles en ciudades alejadas, la verdad es que era demasiado: una a 4 horas y media, y la otra a 3 horas y 50 minutos, en coche. A menudo se me olvida lo grande que es este estado…

No nos preocupamos mucho. Pensamos en darnos unos días y, si veíamos que seguía así, nos haríamos una excursión larga y sin problemas. Además, aquí hay muchísimos sitios donde ponen la vacuna, incluídas farmacias y edificios acondicionados específicamente para ello. Seguro que se liberaría algún hueco que estuviese más cerca.

El jueves, Salva estaba en una videollamada con un compañero de trabajo, que vive no muy lejos de nosotros, y éste le comentó que se acababa de poner la vacuna esa misma mañana. El compañero le contó que había ido a un sitio pequeño donde no había mucha gente y había vacunas de Johnson & Johnson, que sólo es una dosis, y que se podía ir sin cita previa. Que cogiera el número de referencia que daban en la web oficial de las vacunas del estado de Nueva York y a ver si había suerte. Para asegurarse, Salva llamó y le dijeron que claro, que se pasara. Así que me avisó, me contó todo, imprimimos todos los documentos y nos fuimos para allá sin pensarlo.

El sitio en cuestión estaba en un pueblo pequeño, como a 20 minutos de nuestra casa. Llegamos, y le dije a Salva «No creo que sea aquí, esto parece una tienda de empeños». Le dimos la vuelta al edificio y en la puerta de atrás había un cartel que decía «Vacunas COVID19″… Así que entramos, y dentro era una tienda de regalos y droguería normal y corriente. Un Todo a 100, si lo preferís. Pero al fondo, resulta que sí que había una farmacia pequeña, camuflada entre los termos de café, los pintauñas y los marcos de fotos de «La mejor abuela del mundo».

Droguería y farmacia. El dispensario estaba en una habitación detrás de la caja registradora.

Había un par de personas esperando. Nos cogieron nuestras referencias, las tarjetas médicas y nos pidieron rellenar y firmar una hoja con nuestros datos. La única prueba de residencia que nos pidieron, fue preguntarnos si residíamos en New York y nuestra dirección. Después, nos pidieron esperar sentados en unas sillas plegables, y enseguida apareció un hombre en bata blanca que asumimos era el farmaceútico. «¿Estáis esperando por mí?», nos preguntó. «Sí, eso creemos». «Vaya, debo de ser el hombre más codiciado de por aquí», nos respondió riéndose. La verdad es que era muy auténtico, con sus chascarrillos. Nos preguntó que brazo usábamos más, para pincharnos en el otro, y fue realmente rápido. Yo ni me enteré del pinchazo. Nos dieron nuestras tarjetas de vacunación, una hoja informativa de posibles efectos de la vacuna, y nos pidieron esperar unos 15 minutos.

Al poco tiempo, yo empecé a sentir dolor en el brazo, alrededor de la zona del pinchazo, como de un golpe o tirón fuerte. También un poco de mareo y un ligero dolor de cabeza. Según la hoja informativa, todo esto era normal. Pasaron los 15 minutos, compramos Paracetamol y nos volvimos.

Ese día, ambos estuvimos más o menos bien, con esos síntomas. A mí me empezó a empeorar el dolor de cabeza poco a poco y por la noche ya no me encontraba bien, aunque no tenía fiebre. Dormí fatal y me desperté a las 7 de la mañana con 37.5 Cº y la sensación de que me había atropellado un autobús. Estuve todo el día fatal, con un dolor de cabeza horrible que me pulsaba detrás de los ojos, y la temperatura que no me bajaba de 37. Al día siguiente, ayer, no tuve fiebre pero aún me dolía la cabeza y seguía muy cansada. Hoy por fin me encuentro mejor: el brazo pinchado sigue doliendo un poco al tacto y estoy cansada, pero ya soy persona.

Salva, algo cansado, pero sin fiebre y sin dolor de cabeza. Me llevé yo la peor parte 😑.

Así que sí, por suerte estamos vacunados y no ha sido tan difícil. Sobre todo ahora que ya no nos encontramos mal.

¡Ahora a seguir con las precauciones!

Visados, trabajo y desesperación

Las visas que obtuvimos para venir a los Estados Unidos son las L. En concreto, Salva tiene una L-1 y yo tengo una L-2. Como todas las visas temporales, tienen sus ventajas y sus incovenientes. La mía, por ejemplo, es una visa dependiente, con lo que tiene la desventaja de que está totalmente ligada a la de Salva. Así que si a él, por ejemplo, le despidieran, nos quitarían la visa a los dos. O por ejemplo, para hacer trámites, necesito mandar siempre nuestro certificado de matrimonio («Proof of Relationship«, dicen). Pero una de las grandes ventajas que tiene la L-2, es que me permite solicitar un permiso de trabajo.

Esto no ha sido siempre así, ya que la ley se cambió en 2002 para que los esposos con L-2 pudiesen trabajar. Los hijos, que también pueden obtener esta visa si son menores de 21 años, no pueden. De hecho, no muchas visas dependientes permiten trabajar, como varios casos que conozco. Incluso las visas H-4, que son bastante comunes, necesitan cumplir unas características muy específicas que no siempre se tienen.

Poder tener trabajo aquí fue una de las cosas que yo quería y que me empujó a mudarme. Había leído que el Servicios de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos (USCIS, por sus siglas en inglés) tiene estipulado que los permisos de trabajo se deben emitir en 90 días. Pero también había leído en foros que se podían retrasar mucho más y que, incluso, había a gente a la que le había tardado hasta 6 meses. Ese hecho no me preocupaba mucho al principio, porque pensé que tardaría varios meses en adaptarme al nuevo país y aún había que buscar empleo. Tenía tiempo.

Y llegó el Coronavirus.

Con la pandemia, es absurdo lo mucho que se han incrementado los tiempos en la administración. Procesos que se hacían en una mañana, ahora hay que esperar semanas sólo para obtener una cita. Eso fue lo que nos pasó con el Número de la Seguridad Social (SSN), que ahora sólo dejan coger cita por teléfono y nos fue absolutamente imposible. Tras un mes de desesperación, Salva pidió ayuda a los servicios de relocalización de la empresa, y ellos llamaron por nosotros. Después de 40 minutos de espera tras aceptarles la llamada, consiguieron que les cogieran el teléfono y avisaron a Salva para hacer una llamada a tres y poder pedir la cita. Lo curioso es que cuando fuimos a por las tarjetas, se presentaron varias personas en la oficina diciendo que necesitaban hacer trámites y no eran capaces de coger cita. A todos les pidieron que se fueran y que lo siguieran intentando por teléfono. Y aún, la mujer que nos atendía nos comentaba, indignada (y en español): «¿Cómo que no se puede coger cita? ¿No están ustedes aquí? ¡Claro que se puede!».


Con miedo a los posibles retrasos tras esta experiencia, recopilé los documentos necesarios (incluída una traducción al inglés y un cheque para los gastos de gestión) y rellené mi solicitud para el permiso de trabajo. La envié por correo, que es ahora mismo la única forma posible de presentarlo, y me dijeron que tardaría tres días en llegar. Al fin y al cabo, sólo hay 2 centros en todo el país para recibirlo y 6 para procesarlo, y tuve que enviarlo a Dallas. Como estaba preocupada por los tiempos, añadí un formulario extra en el que solicitaba que se me informase a las 24 horas de la recepción por mensaje de texto o correo electrónico.

Pasaron los tres días, y es de imaginar que a las 24 horas no me llegó ninguna clase de aviso. Esto fue el 11 de diciembre, y el número de seguimiento del paquete decía que sí había llegado, así que eso me tranquilizó y me dispuse a esperar.

Hace una semana, mientras nos preparábamos para cenar, me llegó un mensaje al móvil, ¡diciendo que habían recibido mi solicitud! El sms además me daba un número de referencia y me decía que me mandarían un correo físico con más instrucciones. Me metí en mi cuenta bancaria y habían cobrado el cheque. ¡La cosa estaba en marcha! Así que me pasé a ver qué información me daban con mi número de referencia. Encontré que sí, efectivamente, lo habían recibido el 11 de diciembre y me decían que tenía que haber recibido en enero la carta. No me preocupé demasiado y esperé impacientemente al correo a ver qué decía y pensando en cuáles serían los siguientes pasos.

Ayer por fin llegó la esperada carta. Y… no era nada. Sólo era un aviso de que habían procesado mi solicitud y que ya se pondrían en contacto conmigo. Básicamente, que mi paquete ha pasado de la pila de recibidos a la pila de en revisión. También he podido encontrar gracias a la referencia que, ahora mismo, los tiempos de espera para mi solicitud son entre 5 y 10 meses, siendo 10 meses el 93% de los casos…

Ha sido un poco decepcionante, pero bueno. Seguiré esperando. ¡Ya iré actualizando cuando tenga más noticias!

¡Hemos sobrevivido al 2020!

Muchas cosas han pasado que nos han mantenido ocupados, siendo las principales protagonistas las fiestas navideñas. Unas fiestas que, este año, no han sido normales para nadie que yo conozca. Y, para nosotros, han sido nuestras primeras Navidades americanas, con todo lo que la novedad conlleva.

Realmente, según lo que he podido ver, son unas fiestas muy similares a Acción de Gracias. Cambia la decoración, eso sí, que es muy exagerada. He visto casas con luces normales, luces de LED con animaciones, proyecciones con luces para cubrir cada centímetro, muñecos de cualquier cosa imaginable, con luces y sin ellas (hinchables muchos, hechos con hileras de luces otros). Lo de los muñecos no tiene nombre: docenas de tipos de Santa Claus, renos, trineos, regalos, Belenes (con palmeras y todo), ángeles, niños de coro, muñecos de nieve, bastones de caramelo gigantes (mis favoritos). ¡He visto hasta un león con un gorro de Santa! De hecho, descubrimos que muy cerca de nuestra casa, había una especie de show en el que cuatro casas del vecindario se llenaban de adornos y sincronizaban sus luces con una emisora de radio local. Si querías, podías pasarte a pie o en coche y poner la radio para disfrutarlo. A decir verdad, era bastante impresionante.

Aparte de los adornos, son unas fiestas familiares y en las que se compra mucho y se come mucho. Como en España, vamos. Claro que lo que se come es distinto y, en especial, los dulces. Aquí tienen cosas típicas británicas, como el pudding, los mince pies o los christmas logs, sumado a cientos de chocolatinas, galletas y packs para hacerte tus propias galletas, que te venden como una especie de experiencia familiar. Otra cosa que me hace mucha gracia, son los packs de constrúyete tu propia casita, de chocolate o galleta. Por supuesto, ¡nos compramos una y la hicimos! La casita no estaba especialmente rica (¡tampoco estaba mala!), pero fue una experiencia de lo más divertida y venía todo muy bien preparado. ¡Nos supo de maravilla!

Por nuestra parte, las fiestas han sido tranquilas y no hemos visto a mucha gente. Pero al igual que en España, son familiares, con la excepción de Nochevieja. Pero este año no había ganas de festejar ni tampoco estaba permitido en muchas partes. De hecho, vimos tanto las campanadas en la Puerta del Sol (por nostalgia) como la caída de la bola en Times Square. Hay que decir que la caída tiene menos gracia, pero suponemos que sin gente no es lo mismo.

Nos falta aún Reyes, que la haremos solitos pero contentos. Un detalle curioso es que aunque aquí no celebren Reyes, al menos en nuestra ciudad conocen la fiesta, principalmente por la influencia latina.

¡Esperamos que no nos traigan carbón!

Veinte semanas

Pese a que aquí la situación es muy similar a la de España, la COVID19 nos genera problemas inesperados. El primero de ellos, que es quizás uno de los más relevantes, es que hace complicada la socialización. La gente sale menos y tiene menos ganas de hacerlo. Además, las mascarillas muchas veces hacen que sea difícil entenderse, y más cuando aún no tengo el oído hecho al acento neoyorkino ni tengo cogida la pronunciación.

Hace unos días en el supermercado, un hombre me preguntó algo en la cola para pagar y yo fui incapaz de entenderle. Me lo volvió a repetir y sólo puede farfullar impotentemente un «I’m really sorry, I can’t understand you». El hombre, que se le notaba algo desesperado, se apartó la mascarilla para poder hablar mejor. Y entonces vi que apenas tenía dientes y me sentí realmente mal, porque seguía sin entenderle y no era su culpa. Al final, una mujer que estaba detrás mío le respondió y él se fue. No entendí a ninguno y me sentí completamente boba…

El otro gran problema que nos está causando el virus, es un problema con algunos suministros. Mientras que las cosas básicas como los alimentos, están garantizadas, en otras como los muebles o la electrónica, hay una escasez evidente. Y todo parece ser un problema de transporte, porque si el producto está en stock, lo tienes en el momento. Pero si no está, tardan semanas en reponerlo. Por esto, el sábado pasado fuimos a mirar sofás, y en la primera tienda que entramos nos dijeron que tardarían 20 semanas en llevárnoslo. ¿¿Cómo?? Esto nos pareció una exageración, y salimos de la tienda.

Nos pasamos el sábado visitando varias tiendas de muebles más y, sin ser tan exagerados, sí que en la mayor parte de ellas nos entregaban los muebles en unas 6 semanas. Finalmente, encontramos una con un sofá que nos gustó mucho y que «sólo» tardarían 4 semanas. Como nos quedaba aún una tienda por ver, que además estaba justo en frente, le dijimos a la vendedora que volveríamos en un rato. Fuimos a la otra tienda, revisamos los sofás, y vimos que realmente nos gustaba más el anterior. Así que volvimos y localizamos de nuevo a nuestra vendedora. Revisó los datos, y nos avisó que ahora el sofá llegaría a principios de diciembre. ¿Cómo es posible? ¡Ha pasado media hora y ha cambiado a 6 semanas! Resultaba que era una cadena de tiendas muy grande y el inventario era general para todas, así que en ese tiempo se había agotado el inventario para esas fechas…

Por supuesto, lo encargamos. ¡A saber cuántos retrasos más podría haber! Y ahora ya sólo nos queda esperar… pero no sentados.


Cómo entramos en Estados Unidos en plena pandemia

Sin duda, el último mes ha sido uno de los más extraños de mi vida. Extraño e incomparable. Porque no es solamente la primera vez que me mudo a otro país e intento adaptarme a una cultura e idiomas diferentes al mío. Es sobre todo el contexto en el que ha sucedido todo, el hecho de que el Coronavirus ha venido, se ha quedado, y está echando raíces entre nosotros. Eso hace que nada sea fácil.

La vida de mi familia llevaba mucho tiempo en suspensión. Desde que habíamos decidido trasladarnos a Estados Unidos y Salva firmase con la empresa americana, todo había ido muy lento. Primero, esperando la documentación de la visa y de la empresa, que había llevado un año por las condiciones previas (nuestra visa es una L), y otros cinco meses de retraso por el papeleo. Y después, la elipsis más desesperante, esperando a que se aliviase la crisis provocada por el Coronavirus. Cuando el día 12 de marzo se cerraron las fronteras con Estados Unidos, nadie suponía que en septiembre continuarían cerradas y sin vistas a abrirse.

A finales de agosto, cuando las vacaciones ya habían terminado, nos sentamos a hablar del futuro. Teníamos que habernos ido a principios de abril y seguíamos atascados y bastante desesperanzados. Necesitábamos retomar el control de nuestra vida, replanear si era necesario, pero avanzar al fin y al cabo. ¿Seguíamos esperando o qué podíamos hacer? La proclama presidencial que cerraba las fronteras, prohibe viajar a Estados Unidos a ciudadanos que hayan estado los últimos 14 días en el espacio Schengen. Pero…¿y si pasábamos 14 días fuera de este área?. Parecía posible pensar que se podría hacer de esta manera.

Decidimos tomar esto como una verdadera última oportunidad y comenzamos a movernos de nuevo, con un gran objetivo en el horizonte más inmediato.

Primero, había que identificar desde qué países se podía entrar a EEUU y cuáles eran los que permitían entrar a españoles. La situación de la COVID19 había empeorado mucho en España a lo largo de agosto y estaba habiendo muchos rebrotes, por lo que muchos países que habían reabierto fronteras con España ahora las estaban cerrando a cal y canto. Y la situación era tan extrema, que las condiciones cambiaban de un día para otro. Mención aparte merecen los vuelos: no podíamos hacer escala en las zonas prohibidas, ya que eso también se consideraba estar en esos países. Con las compañías aéreas tocadas por la pandemia y reduciendo vuelos y flota, esto se convirtió en un rompecabezas.

Finalmente sólo nos quedaron dos opciones que veíamos factibles: Estambul, en Turquía y Santo Domingo, en República Dominicana. Ambos tenían exigencias bajas de viaje: sólo nos pedían llevar tests PCR. La diferencia era que uno estaba cerca de casa y el otro estaba cerca de New York. Después de mucho pensarlo, finalmente decidimos que, si nos rechazaban, era mejor que lo hicieran en la parte más corta del viaje. ¡Así que escogimos Santo Domingo!

A todo esto, nos aprobaron la mudanza para el día 3 de septiembre, y empaquetaron todo lo que nos íbamos a llevar. Nuestra meta era mudarnos en una semana. Teníamos tanto estrés y tantas preocupaciones que apenas estábamos durmiendo, despertándonos en mitad de la noche con la idea de que se nos había olvidado guardar algo. Yo llevaba ya dos semanas sin parar entre rellenar documentos, hacer cajas y limpiar y tirar cosas. Para mayor diversión, la mayoría de nuestra familia y amigos ni siquiera lo sabían, porque no queríamos preocuparles si no lo conseguíamos… Era una locura.

Finalmente, el día 7 nos hicimos las PCR, y cuando tuvimos los resultados, compramos los vuelos y el hotel de Santo Domingo. El día 10 de septiembre nos fuimos al aeropuerto con el corazón en un puño, las pruebas PCR en una mano y la visa en la otra. No nos pidieron las pruebas en ningún momento, nos montamos en el avión y aterrizamos agotados varias horas después. En inmigración tampoco nos pidieron las pruebas y, alucinando de lo fácil que había sido, nos fuimos al hotel.

Apenas salimos de ese hotel los 15 días que estuvimos. Había un toque de queda a las 19:00 horas entre diario y a las 17:00 horas en fin de semana, y el calor era demasiado agobiante como para estar fuera. Así que hicimos un par de visitas rápidas al centro y el resto lo pasamos entre la piscina y el lounge del hotel.

El 26 de septiembre nos dirigimos al aeropuerto de nuevo a coger el vuelo a New York, bastante nerviosos. En el aeropuerto nos trataron muy bien, nos pideron la documentación varias veces, lo explicamos todo (por suerte en español, otro de los motivos para ir allí), y pasamos sin demasiados problemas. Cogimos el avión y llegamos al aeropuerto JFK en New York…

Llegando al JFK, septiembre de 2020

Ha sido la vez que menos tiempo he pasado en el control de inmigración en Estados Unidos: el oficial de aduana parecía que tenía prisa. No hicimos cola, el oficial nos vio la documentación, nos pidió los datos y entramos. ¡Un mes de preocupación resuelto en 10 minutos!

¡Y así es como empieza nuestra aventura americana!