Qué hacer cuando te duele la cabeza

Una de las cosas diferente en los EEUU y de la que aún no había hablado aquí, son los medicamentos. No, no voy a hablar de que se llaman diferente; eso debería ser evidente, ya que son marcas comerciales. Hay otras cosas mucho más curiosas.

Para empezar, aquí también existen medicamentos sin receta y con receta. Los que no tienen receta, se conocen como Over-the-counter medicine, que viene a ser como si dijéramos que están «antes del mostrador de la farmacia». Esto es lo mismo que en España: medicamentos para el alivio del dolor, constipados, alergias, heridas no graves,… esas cosas. Lo curioso es que aquí, estas medicinas no sólamente se pueden conseguir en farmacias especializadas, si no que lo más normal es comprarlos en supermercados, tiendas de conveniencia o incluso en gasolineras. Estas tiendas suelen tener una sección de Pharmacy donde los puedes encontrar, y luego pedir también los medicamentos con receta en otro mostrador a parte. Y por si os lo preguntais, sí, las vacunas para la COVID19 también se ponen en estas farmacias de supermercados.

La farmacia de mi supermercado más cercano. Dentro se ve al farmaceútico, y los medicamentos sin receta están justo delante, como un pasillo más del súper.
Ejemplo de medicamentos over-the-counter en el supermercado. Son marcas de ibuprofeno.

También hay que decir que las farmacias aquí (las tiendas que son un comercio en si mismas), son más bien droguerías. Sí, tienen los dos tipos de medicamentos, y cosas normales de farmacia como pañales o productos de higiene, pero también venden muchas otras cosas: papelería, flores, comida preparada, productos de limpieza, etc. De hecho, yo me quedé alucinada cuando descubrí que para hacerse una foto de carnet, lo normal era irse a una farmacia. ¡Una vez incluso devolví un paquete en una!


Otra de las cosas curiosas que pasan aquí, son los anuncios de medicamentos. En España estamos acostumbrados a que cuando llega el invierno, vemos por todas partes anuncios de antigripales y anticatarrales, al igual que con las alergias al llegar la primavera. Aquí, sé que hay publicidad de medicamentos sin receta, pero yo no he visto apenas. Lo que sí que veo, es muchísima publicidad de medicamentos que vienen directamente de las farmaceúticas. Todos estos anuncios tienen el mismo patrón: muestran muchos datos, con imágenes tranquilas y familiares, o con mascotas divertidas, y terminan diciendo «pídele a tu médico que te recete nuestros medicamentos». Además, suelen ser para enfermedades graves como cáncer, diabetes o hepatitis.

Una muestra de diferentes anuncios de fármacos que he captado mientras veía la televisión.

Lo primero que hay que decir es que sólo hay dos países en el mundo que permiten a las farmaceúticas publicitarse directamente al consumidor: Estados Unidos y Nueva Zelanda. Para mí como europea, esto suena totalmente distópico. ¿No tendría que ser mi médico, un profesional formado, quien me aconsejara sobre la medicación? ¿Cómo puedo saber que una medicación es mejor que otra con un anuncio, sobre todo para cosas tan graves? ¿Estarán creando una falsa necesidad? ¿Confundirán a gente con síntomas parecidos? No debo de ser la única con dudas, porque hay mucha polémica con estos anuncios. Sé también que hay médicos que opinan que esta publicidad da información a sus pacientes y que eso hace que tomen decisiones más informadas, como se puede leer en esta encuesta del año 2004 de la FDA (Food and Drug Administration o Administración de Alimentos y Medicamentos). Mucha gente parece opinar que es un poco como buscar en internet tus síntomas antes de ir al médico… es un poco inevitable y hay que tener cabeza.

No deja de parecerme un poco loco todo, pero tengo que ir al supermercado hoy, y ya que estoy, aprovecharé para comprar desodorante, paracetamol y leche, que está todo en pasillos contigüos. Al menos, es muy cómodo.

Vacunados

Ha sido muy repentino, pero tanto Salva como yo nos hemos vacunado ya contra el Coronavirus. Desde luego, ha sido una historia muy peculiar, así que tenía que contarla.

Lo primero de todo hay que decir que la campaña de vacunación aquí en el estado de New York está muy avanzada. Además, los números de contagios están disminuyendo, lo que empuja a seguir con la estrategia actual. El 23 de marzo, se dijo que ya se podían vacunar los mayores de 50. Recuerdo comentarlo con unos amigos, que me decían que en Connecticut ya estaban vacunando a los mayores de 45 años. Lo que nadie esperaba era que pocos días más tarde, el 30 de marzo, el gobernador Cuomo anunciara que ya se podían vacunar los mayores de 30 y, a partir del 6 de abril, los mayores de 16 años.

Con curiosidad, nos pusimos a buscar centros de vacunación cercanos. Pero como era de esperar, se había disparado la demanda y estaban casi todas las citas cogidas. Si bien es cierto que había citas disponibles en ciudades alejadas, la verdad es que era demasiado: una a 4 horas y media, y la otra a 3 horas y 50 minutos, en coche. A menudo se me olvida lo grande que es este estado…

No nos preocupamos mucho. Pensamos en darnos unos días y, si veíamos que seguía así, nos haríamos una excursión larga y sin problemas. Además, aquí hay muchísimos sitios donde ponen la vacuna, incluídas farmacias y edificios acondicionados específicamente para ello. Seguro que se liberaría algún hueco que estuviese más cerca.

El jueves, Salva estaba en una videollamada con un compañero de trabajo, que vive no muy lejos de nosotros, y éste le comentó que se acababa de poner la vacuna esa misma mañana. El compañero le contó que había ido a un sitio pequeño donde no había mucha gente y había vacunas de Johnson & Johnson, que sólo es una dosis, y que se podía ir sin cita previa. Que cogiera el número de referencia que daban en la web oficial de las vacunas del estado de Nueva York y a ver si había suerte. Para asegurarse, Salva llamó y le dijeron que claro, que se pasara. Así que me avisó, me contó todo, imprimimos todos los documentos y nos fuimos para allá sin pensarlo.

El sitio en cuestión estaba en un pueblo pequeño, como a 20 minutos de nuestra casa. Llegamos, y le dije a Salva «No creo que sea aquí, esto parece una tienda de empeños». Le dimos la vuelta al edificio y en la puerta de atrás había un cartel que decía «Vacunas COVID19″… Así que entramos, y dentro era una tienda de regalos y droguería normal y corriente. Un Todo a 100, si lo preferís. Pero al fondo, resulta que sí que había una farmacia pequeña, camuflada entre los termos de café, los pintauñas y los marcos de fotos de «La mejor abuela del mundo».

Droguería y farmacia. El dispensario estaba en una habitación detrás de la caja registradora.

Había un par de personas esperando. Nos cogieron nuestras referencias, las tarjetas médicas y nos pidieron rellenar y firmar una hoja con nuestros datos. La única prueba de residencia que nos pidieron, fue preguntarnos si residíamos en New York y nuestra dirección. Después, nos pidieron esperar sentados en unas sillas plegables, y enseguida apareció un hombre en bata blanca que asumimos era el farmaceútico. «¿Estáis esperando por mí?», nos preguntó. «Sí, eso creemos». «Vaya, debo de ser el hombre más codiciado de por aquí», nos respondió riéndose. La verdad es que era muy auténtico, con sus chascarrillos. Nos preguntó que brazo usábamos más, para pincharnos en el otro, y fue realmente rápido. Yo ni me enteré del pinchazo. Nos dieron nuestras tarjetas de vacunación, una hoja informativa de posibles efectos de la vacuna, y nos pidieron esperar unos 15 minutos.

Al poco tiempo, yo empecé a sentir dolor en el brazo, alrededor de la zona del pinchazo, como de un golpe o tirón fuerte. También un poco de mareo y un ligero dolor de cabeza. Según la hoja informativa, todo esto era normal. Pasaron los 15 minutos, compramos Paracetamol y nos volvimos.

Ese día, ambos estuvimos más o menos bien, con esos síntomas. A mí me empezó a empeorar el dolor de cabeza poco a poco y por la noche ya no me encontraba bien, aunque no tenía fiebre. Dormí fatal y me desperté a las 7 de la mañana con 37.5 Cº y la sensación de que me había atropellado un autobús. Estuve todo el día fatal, con un dolor de cabeza horrible que me pulsaba detrás de los ojos, y la temperatura que no me bajaba de 37. Al día siguiente, ayer, no tuve fiebre pero aún me dolía la cabeza y seguía muy cansada. Hoy por fin me encuentro mejor: el brazo pinchado sigue doliendo un poco al tacto y estoy cansada, pero ya soy persona.

Salva, algo cansado, pero sin fiebre y sin dolor de cabeza. Me llevé yo la peor parte 😑.

Así que sí, por suerte estamos vacunados y no ha sido tan difícil. Sobre todo ahora que ya no nos encontramos mal.

¡Ahora a seguir con las precauciones!