Alarmas de incendio

Antes de venir a vivir a New York, la verdad es que mi experiencia con los incendios era muy limitada. Sí, había tenido algún curso de prevención de riesgos laborales, y recuerdo hacer simulacros de incendio en varios de los trabajos en los que he estado (mención especial para aquel en la séptima planta, que luego subíamos andando porque paraban los ascensores…). Pero nunca había estado en ningún incendio ni había oído una alarma fuera de un simulacro, nunca.

El día 1 de diciembre, sobre las 5 de la tarde, la alarma de incendios de nuestro edificio empezó a pitar como si estuviera poseída. Desconcertados, sin saber muy bien qué estaba pasando, vimos que era la alarma. Yo estaba en pijama, por cierto, así que fui rápidamente a coger una sudadera y el móvil, al mismo tiempo que Salva me pedía que cogiese los pasaportes. Casi se me olvida la mascarilla. Dejamos las luces encendidas y la Roomba puesta, de la prisa, ni siquiera nos pusimos los zapatos. Salimos al pasillo y las puertas de seguridad estaban cerradas. Yo ni siquiera había reparado en que teníamos esas puertas. Bajamos por la escalera de incendios al patio frontal y nos refugiamos en la recepción. La gente empezó a bajar y a acumularse. Muchos iban en pijama, como yo. Otros habían tenido que agarrar a sus mascotas y meterlas en jaulas, o las llevaban en brazos. Un gato aterrorizado no paraba de maullar. Nos pidieron que saliéramos, que había mucha gente en recepción, y a los pocos minutos, empezamos a oír las sirenas de los bomberos. Llegaron casi al momento dos coches, y luego otros dos más, y la policía. Y nosotros como pasmarotes, muriéndonos de frío y haciendo fotos.

Los bomberos entraron y al cabo de un rato, se empezó a escuchar que el problema había ocurrido en el piso 8, así que eso nos dejó respirar más tranquilos. Nos acercamos a preguntar a los bomberos si era seguro volver a casa y nos dijeron que no había problemas si no estábamos en el piso 8, el 7 o el 6, ya que los pisos inferiores habían recibido daños por agua.

Regresamos a casa con más o menos emoción, y seguimos con nuestra vida normal. Pasadas unas horas, nos llegó un correo del edificio explicándonos que se había incendiado una de las cocinas. Esa misma noche, mientras veíamos una serie, volvió a sonar de nuevo la alarma. Así que, con mucha más calma, nos calzamos, nos pusimos abrigo y mascarillas, cogimos móvil, llaves y pasaportes y volvimos a bajar. En esta ocasión bajó mucha menos gente. Muchos de ellos se estaban quejando porque la alarma les había sacado de la cama (eran como las 11 de la noche). Pero enseguida se apagó y salió uno de los encargados de mantenimiento a decirnos que había saltado por un problema en uno de los ascensores, pero que podíamos volver a casa.

Menudo día.

El pasado 13 de enero, volvió a sonar la alarma. Con la precisión de los que ya saben qué hacer, nos preparamos rápidamente y bajamos. Vinieron los bomberos, otra vez en muy poco tiempo, y entraron a comprobarlo todo. Pero al poco quitaron la alarma y nos dijeron que podíamos volver a casa. Ese mismo día, nos mandaron un correo del edificio en el que nos decían que la causa de la alarma había sido… alguien vapeando en un pasillo. Ahora puedo ver por qué en nuestro edificio está prohibidísimo fumar y tampoco se pueden poner velas

Esta mañana ha vuelto a sonar la alarma. Con desgana, hemos seguido el ritual que tenemos más o menos asumido, y hemos vuelto a bajar. A los veinte minutos, más o menos, se han ido los bomberos y hemos vuelto a casa, con la sensación de haber perdido el tiempo: uno de los detectores estaba defectuoso.

Por lo que parece, esto es bastante común por esta zona. Es tan común que mucha gente acaba por ignorar las alarmas si son muy frecuentes, y claro, a veces ocurren accidentes. Supongo que serán excesivamente sensibles y para activarlas hace falta poco. También es verdad que una de las peores cosas que he visto en las casas de aquí, son los extractores de humos de las cocinas. Es curioso porque, además, todos los otros expatriados que conozco también se quejan de ellos. Son muy poco potentes, muy ruidosos y no quitan olores. No hacen lo que deberían hacer. Y deberían funcionar bien, dado que la mayoría de las cocinas aquí están integradas con el salón o el comedor. No quiero pensar qué puede pasar si algún día quemo una sartén.

Eso sí, tenemos un mini extintor debajo del fregadero. Será para sentirnos más seguros…